21 feb. 2011

Una triste dosis de locura

 Necesito corroborar urgentemente mi nivel de dosis de locura.
¡No! No estoy loco. Los locos siempre traman algo; aunque tal vez sí lo esté, pues recurro hasta en el mínimo detalle de mis pasos, de tus pasos y, de sus pasos...
¿En qué momento me jodí? ¿Acaso yo era así cuando vivía en Perú?, ¿acaso alguna vez huí de casa, sin importarme nada, con lo que tenga a mano y luego apunto mi marcha hacia las calles?
Qué bonitas son las calles por aquí, al menos aquí en Salamanca. Me permiten olvidar pasivamente los problemas más agobiantes que me toca estar pasando.
En estos momento estoy sentado cerca a un monumento de un tipo disque histórico para España, el nombre es lo de menos, creo que fue un escritor que falleció en los años 80'.
¡Qué divertido! Acaba de pasar una familia, y me  causa gracia la manera en que me miraron tan estúpidos, digo, tan estupefactos, como si fuese yo un delincuente, un vagabundo, un loco -y qué más da, mi atuendo y mi estado apuntaban más a lo que parecía que a lo que realmente soy- ; sin embargo es genial que piensen eso de mí, no tendría problemas de hacer lo que realmente quiero y lo que me venga en gana.  Lo que no estoy seguro es que si la madre me miró de reojo murmurando a su marido o bien por mi posición de extranjero o por mi rostro claramente angustiado, con la mirada desolada y mis pupilas perdidas...
El viento corre, ¡corre!, corre despiadadamente y ya la brisa se vuelve un golpe de la naturaleza para mis pómulos exactamente. Aunque pudiera en primer instante abrochar mi casaca de cuero - sigo sin estar seguro si es realmente el de los buenos- quiero que viaje el frío sobre mi piel para que me ayude a sacudir mi cuerpo y a reaccionar a mi mente, que poco o nada hacen para ayudarme a plantear un nuevo plan de autorrescate.